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martes, 28 de junio de 2011

EL MONTERILLA DE ILLORA



Articulo aparecido en EL PAÍS- DIARIO REPUBLICANO de Madrid, el viernes 23 de Noviembre de 1906, con motivo de los encarcelamientos de ciudadanos republicanos en la fecha de visita de Alfonso XIII a la Estación de Illora-Lachar.




UNA POLACADA INTOLERABLE


El día 5 del actual abusó torpemente de su autoridad el alcalde de Íllora. Arrastrado por un servilismo indigno de toda autoridad municipal, cometió una polacada que tiene su sanción penal en los códigos de la nación.

Llamó a la Alcaldía á los vecinos que le vino en gana y les ordenó que, durante todo el día 5 hasta la mañana del 6, se les prohibía, bajo pena de reclusión en la cárcel, el salir de sus casas. 

A otros vecinos les notificó dicha orden por medio de los empleados del Municipio. Uno de éstos, dudando acaso de la veracidad de la orden, personóse en la Alcaldía. Allí le fué confirmada por el propio sotacacique que ejerce de alcalde.
— Es que se me irrogan graves perjuicios objetó el vecino.
Todo discurso fué inútil para evitar que el alcalde llevase á cabo su insólita arbitrariedad.
— A mí —dijole el vecino en cuestión— se me irrogan daños; pero á los otros á quienes he sabido que también se les arresta en sus casas, se les priva de ganar el jornal cotidiano con que atienden á las necesidades de su vida y á las de  sus familias respectivas.
Sin un motivo fundado, racional, concreto, no se puede mandar detener á ningún ciudadano. Tal dicen las leyes fundamentales y civiles del Estado. Y un vecino de Illora,  es, aunque ello pese al caciquismo, un ciudadano, tan respetable como el que más.
— ¿Sí? —argüyó el alcalde— pues en ese caso no debe usted ser arrestado en su casa, sino detenido en la cárcel.
Y acto seguido fué Tomás Ruiz López, que así se llama la víctima más castigada por el absolutista y tiránico sotacacique de Illora, metido en la hedionda y lúgubre mazmorra que allí  se tiene por cárcel.
Los demás vecinos, incluidos en el tikase de este tiranuelo á lo Trepoff, viéronse forzados á cumplir el arresto, ante el temor de dar con sus cuerpos en la repugnante prisión.
¿Qué importa, si al siguiente día no tuvieron para poder comer; si experimentaron pérdidas en sus negocios; si sufrieron perjuicios en sus haciendas?

El caciquismo quedó satisfecho, la autoridad municipal desprestigiada por un servilismo más, y los amigos del sotacacique, los clericales y reaccionarios del pueblo, con un nuevo fundamento para picar en la honra de los vecinos vejados.

En vano clamaron justicia. La autoridad judicial es sorda cuando su acción puede desagradar al caciquismo. ¿Sabe el ministro de la Gobernación por qué han sido atropellados por su alcalde los vecinos de Illora?
¿Lo sabe, acaso, el ministro de Gracia y Justicia? La cosa lo merece, y sin perjuicio de que alguna voz de la minoría republicana del Congreso reclame contra esta irritante y punible arbitrariedad, hemos de requerirles nosotros para que se informen y procedan como es de justicia.

Un alcalde que á su antojo dispone de la libertad de sus convecinos, es un desalmado peligroso á quien, cuando menos, se le debe despojar de los atributos de la autoridad. No vale que pretexte en disculpa de su torpeza que ello fué una medida preventiva, para asegurarse de probables contingencias desagradables.
Aparte de que ello sería una falsedad, tal disculpa, nos llevaría á reconocer como lícita medida de precaución, en los centros populosos?, la prisión á mansalva, el encarcelamiento de todo ciudadano que por sus ideas liberales y republicanas, se manifestase opuesto al régimen imperante.

Porque han de saber los ministros aludidos, que la arbitrariedad del sota-cacique de Illora fué realizada sólo en daño de los republicanos y librepensadores de aquel pueblo y á pretexto de defender la persona del monarca.

Notificó el gobernador de la provincia á todos los alcaldes de los pueblos comarcanos á Lachar, que D. Alfonso, aceptando la invitación del gran cacique, conde de Benalúa, iba á cazar el día 5, al vasto territorio —lo más fértíl y rico de la región— que tiene convertido en coto para su recreo dicho conde, y el inepto alcalde de Illora, creyendo hacer obra meritoria á los ojos del gran cacique, arrestó á los republicanos en sus domicilios, y al que protestó de la arbitrariedad, lo encerró en la cárcel.

Polacada tan monstruosa no puede quedar impune.

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