Francisca Jimenez, una Santa de Illora

lunes, 14 de noviembre de 2011

Francisca Jimenez, una Santa de Illora



FRANCISCA JIMÉNEZ, terciaria, natural de Illora, aunque se desconoce quiénes fueron sus padres, desde su más tierna niñez, comenzó a sentir el santo temor de Dios, al mismo tiempo que renunciaba a toda clase de placeres. 
Llegada a la edad núbil fue entregada en matrimonio a cierto adolescente que, una vez pasados los primeros días de felicidad, no dudó en aterrorizarla, tanto de palabra, cuanto de obra. pasados algunos años esta persona inhumana falleció, por lo que Francisca, después de tan funesto experimento, conociendo la falacidad del mundo, renunció a todas las cosas caducas, distribuyó sus bienes entre los pobres y por el superior del convento le fue impuesto el hábito de la Tercera Orden. Desde entonces se dedicó a la perfección, con todas las fuerzas de sus entrañas y a intentar complacer constantemente a su esposo celestial.

Rápidamente se aficionó a los ejercicios piadosos, frecuentaba asiduamente la iglesia, recibía frecuentemente los santos sacramentos y aceptaba con especial humildad y sumisión los consejos y orientaciones de sus superiores. Promovía con gran afecto el culto a la Sagrada Eucaristía. 

Se cuidada constantemente de la pulcritud y limpieza de la iglesia conventual de San Pedro de Alcantara de Íllora, de tal manera que limpiaba cuidadosamente todos los muebles y enseres sacros y estaba al cuidado de que no faltase aceite para que luciese la lámpara del Santísimo. Su entrega a la oración era total y rogaba a Dios constantemente para que se compadeciese de los pobres pecadores e imploraba durante muchas horas, ante la imagen de la Virgen para que le concediese su auxilio. 
Era desprendida y caritativa en extremo, llegando a veces a desprenderse de sus propios vestidos para donarlos a alguien que, según su criterio, los necesitaba más que ella. Su amor hacia los demás los llevaba hasta extremos insospechables, pues visitaba a los enfermos, favorecía a los huérfanos y a las viudas, portándose con ellos como si fuese su auténtica madre
Sentía arrebatos de éxtasis durante los cuales quedaba desposeída de todos sus sentidos y daba la impresión de que estaba muerta; perseverando en esta situación, las angustias de su corazón le duraban, a veces, hasta ocho horas seguidas, después de las cuales el mismo Dios, con supremas delicias limpiaba sus lágrimas. Cuando se hallaba ante el Santísimo Sacramento, sentía tal sufrimiento que sus vísceras, sus huesos, sus articulaciones, en fin, todos sus miembros, padecían como si se encontrase sobre un horrible potro de tormento. El gemido de estos padecimientos, el indicio de estos suspiros de impaciencia que profería, dando gracias a Dios por estas horribles torturas, parecían mas bien manifestaciones de alegría y contento por ser atormentada por estas penas que el sufrimiento que por ellas padecía.
Su amor a la penitencia la llevaba a extremos tales que su lecho era la desnuda tierra y su almohada una dura piedra. Su manifestación por el desprecio de las cosas mundanas llegaba a tal extremo que solamente llevaba por vestido un burdo sayo y su camisa era un doloroso cilicio. 

El ayuno era su alimento diario, pues además de observarlo durante toda la cuaresma, el adviento y otros a los que pedía para ello permiso a su padre espiritual, durante tres días a la semana, solamente tomaba pan y agua y los restantes del año, se alimentaba parcamente con unas pocas legumbres. 
Cada noche hacía conocer a su cuerpo los azotes de una dura disciplina durante media hora que, durante el Adviento y la Cuaresma alargaba a una hora completa. Tenía un don especial para apaciguar las discordias y bastaba con su presencia para que, una vez alterados los ánimos por cualquier razón, se calmasen y volviese la paz y la tranquilidad entre los alterados. 
Con este cúmulo de méritos, final y felizmente descansó en el señor en el año 1678 (tanta fue su humildad que se desconoce el día exacto de su fallecimiento). A sus funerales acudió todo el pueblo, conocedor de la fragancia de todas sus virtudes, proclamándola santa con una sola voz.

2 comentarios :

  1. José Antonio Pérez Mira14 de noviembre de 2011, 20:35

    Muy buena entrada... nunca había escuchado ni leído nada sobre la vida de esta excepcional mujer... ¿dónde viene recogida toda esta información?

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  2. Hola Jose Antonio, esta en un manuscrito latino del siglo XVII que ha traducido un Catedratico gallego.

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